En la fitotecnia clásica, el foco de mejora y manejo se ha centrado históricamente en el genoma vegetal y su interacción directa con el medio abiótico. Sin embargo, la evidencia científica acumulada en estas últimas décadas nos obliga a redefinir qué es exactamente un cultivo.

Es aquí donde aparece el término holobionte, acuñado originalmente por la bióloga Lynn Margulis, que postula que un organismo macroscópico (la planta) y la suma total de sus microorganismos simbióticos (microbiota) no son entidades separadas, sino que constituyen una única unidad biológica, ecológica y evolutiva.

Para el agrónomo, aceptar el concepto de holobionte implica un cambio de perspectiva radical en el manejo de la sanidad y nutrición vegetal. Significa reconocer que el fenotipo que observamos en campo (el vigor, la producción, la resistencia a plagas) no es resultado exclusivo de la genética de la semilla, sino la expresión conjunta de la planta huésped y su consorcio microbiano asociado. La planta no vive en el suelo; vive con el suelo y sus habitantes, formando una red trófica y de señalización continua.

La teoría del hologenoma.

La relevancia agronómica del holobionte reside en la teoría del hologenoma. Mientras que el genoma de una planta (trigo, maíz, tomate, …) es estático durante su ciclo de vida y su evolución requiere procesos de selección lentos a lo largo de generaciones, el genoma microbiano asociado es increíblemente dinámico. La microbiota tiene tiempos de generación de minutos u horas, lo que permite una adaptación casi inmediata a cambios ambientales.

Esto confiere al holobionte una plasticidad fenotípica superior. Ante un evento de estrés súbito, como un golpe de calor o un incremento de la salinidad, la planta no puede mutar sus genes para sobrevivir, pero sí puede “reclutar” o favorecer la proliferación rápida de microorganismos específicos que posean las rutas metabólicas necesarias para mitigar dicho estrés.

Por tanto, la capacidad de resiliencia de un cultivo reside en gran medida en la riqueza y funcionalidad de su componente microbiano, que actúa como un «amortiguador» genético externo.

La coevolución y domesticación como reto de la agricultura actual.

A lo largo de millones de años, las plantas y sus microorganismos han coevolucionado. Las plantas han desarrollado mecanismos para «cultivar» su propio microbioma, seleccionando aquellos taxones que les benefician.

Sin embargo, los procesos de domesticación agrícola y mejora genética intensiva, centrados en el rendimiento y en condiciones de altos insumos (fertilización inorgánica y protección química), han alterado involuntariamente esta comunicación ancestral.

Es posible que muchas variedades modernas hayan perdido parcialmente la capacidad de “reclutar a sus socios microbianos” o que, al crecer en suelos esterilizados funcionalmente por manejos agresivos, no encuentren los simbiontes necesarios para cerrar el ciclo del holobionte.

Esto explicaría por qué, en ocasiones, variedades de alto potencial genético muestran una alta dependencia de insumos externos y una baja tolerancia a estreses bióticos y abióticos.

El reto de la fitotecnia de hoy es reconstruir estas alianzas perdidas, reintegrando el componente microbiano en la ecuación productiva.

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