Entender la producción agrícola contemporánea exige superar la visión clásica del suelo como un mero soporte físico-químico. En la agronomía actual, el concepto de microbiota se establece como una variable estratégica en la ecuación de rendimiento.

Técnicamente, definimos la microbiota agrícola como el conjunto de microorganismos (bacterias, arqueas, hongos, virus y protistas) que residen en un entorno específico vinculado al cultivo, ya sea en la rizosfera, la filosfera o el endosfera de los tejidos vegetales.

No se trata de una presencia sin más. La investigación reciente ha aceptado el concepto de holobionte, que define que la planta y su microbiota asociada constituyen una única unidad ecológica y evolutiva.

El genoma vegetal, por sí solo, es insuficiente para explicar la plasticidad adaptativa de los cultivos frente a estreses abióticos o carencias nutricionales; es el «segundo genoma» (el microbioma aportado por esta microbiota) el que confiere capacidades metabólicas extendidas, permitiendo al cultivo prosperar en condiciones donde, teóricamente, no podría hacerlo solo con sus propios recursos genéticos.

La rizosfera y su dinámica de poblaciones.

La mayor densidad y actividad de la microbiota se concentra en la rizosfera, esa delgada interfaz de suelo adherida a las raíces. Aquí, la relación no es pasiva.

La planta actúa como un «ingeniero de su propio ecosistema» a través de la rizodeposición. Los cultivos invierten una cantidad significativa de sus fotosintatos (carbono fijado) en forma de exudados radiculares (azúcares, aminoácidos, ácidos orgánicos y fenoles) para liberarlos al medio.

Esta inversión energética tiene un retorno estratégico: atraer y modular poblaciones microbianas específicas. Mediante señales químicas (quimiotaxis), la planta recluta taxones beneficiosos que le proporcionarán servicios ecosistémicos vitales.

Este diálogo molecular determina la composición de la comunidad microbiana, favoreciendo la proliferación de microorganismos promotores del crecimiento vegetal (PGPR) y hongos micorrícicos, y desplazando, en condiciones de equilibrio o eubiosis, a potenciales patógenos por exclusión competitiva.

Funcionalidad agronómica de la microbiota.

El valor de la microbiota para el profesional del agro reside en su capacidad funcional. Estos microorganismos actúan como catalizadores biológicos que desbloquean recursos del suelo.

En términos nutricionales, grupos específicos de la microbiota son responsables de la solubilización de fosfatos inorgánicos, la mineralización del nitrógeno orgánico y la producción de sideróforos para la quelación y transporte de hierro. Por ello, sin una microbiota funcional, gran parte de los fertilizantes aplicados quedan inmovilizados o se pierden por lixiviación, reduciendo la eficiencia del uso de nutrientes.

Paralelamente a la nutrición, la microbiota ejerce una influencia directa sobre la fisiología vegetal mediante la síntesis de fitohormonas. La producción microbiana de auxinas (como el ácido indolacético), citoquininas y giberelinas, estimulan el desarrollo radicular, incrementando la superficie de exploración y absorción de agua.

Asimismo, ciertos microorganismos inducen cambios sistémicos en la planta, activando rutas metabólicas de defensa y tolerancia ante situaciones de estrés hídrico o salino, un fenómeno mediado por la enzima ACC deaminasa en bacterias, que reduce los niveles de etileno en la planta para evitar la senescencia prematura bajo estrés.

La microbiota de la parte aérea y endofítica.

Aunque el foco suele situarse en el suelo, la filosfera (superficie de hojas y tallos) alberga una microbiota distintiva adaptada a condiciones hostiles de radiación UV y fluctuaciones hídricas. Estos microorganismos juegan un papel relevante en la protección frente a patógenos foliares y en la mitigación del estrés oxidativo.

Por otro lado, la microbiota endofítica, aquella que coloniza el interior de los tejidos vegetales sin causar enfermedad, establece una simbiosis íntima. Estos endófitos pueden translocarse desde la raíz hasta la parte aérea, aportando ventajas adaptativas como la fijación biológica de nitrógeno en no leguminosas o la síntesis de metabolitos secundarios que fortifican la sanidad vegetal desde el interior celular.

La gestión de la microbiota y bioestimulación.

La intensificación de los sistemas productivos ha conllevado, en ocasiones, a estados de disbiosis o desequilibrio microbiológico, caracterizados por una pérdida de biodiversidad funcional y una mayor vulnerabilidad del suelo («fatiga del suelo»). Bajo esta premisa, la estrategia técnica actual se orienta hacia la regeneración y el manejo de este capital biológico.

Aquí es donde la industria de los bioestimulantes y la biofertilización juega un papel decisivo. No solo mediante la inoculación directa de cepas seleccionadas (probióticos agrícolas), sino mediante el uso de sustancias prebióticas que estimulan selectivamente las poblaciones nativas beneficiosas.

El objetivo del técnico agrícola no es solo nutrir a la planta, sino nutrir y dirigir la microbiota del suelo para maximizar la expresión genética del cultivo.

En este contexto, la evaluación de la salud de un suelo agrícola ya no puede limitarse a sus propiedades fisicoquímicas; la caracterización de su perfil microbiológico es el nuevo estándar para garantizar la sostenibilidad y productividad a largo plazo.

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